Entre la lógica científica y el sentido común: Pensar sin reducir la complejidad

Un viaje hacia la lucidez intelectual: porque la verdadera sabiduría no reside en elegir entre el rigor del laboratorio y la intuición del día a día, sino en la maestría de saber habitar sus contradicciones.

 

Por Claudia Benítez

HoyLunes – En el artículo anterior manifesté la idea que la normalidad, la coherencia y la lógica humana no pueden entenderse desde un único patrón rígido. Pensar no es aplicar una fórmula universal, sino habitar una complejidad donde intervienen la experiencia, el contexto, las emociones y los marcos culturales.

Desde ahí surge casi de forma inevitable una pregunta incómoda: ¿qué lugar ocupa la lógica científica en ese entramado? ¿Y qué valor tiene, frente a ella, el llamado sentido común?

Durante siglos, la cultura occidental sitúa ambas formas de pensamiento en polos opuestos. Por un lado, la lógica científica: formal, metódica, exigente, aparentemente fría y verídica. Por otro, el sentido común: intuitivo, cotidiano, práctico, pero también sospechoso de imprecisión y prejuicio.

La lógica científica no nace en el vacío. Antes de convertirse en método, teoría o modelo matemático, surge de preguntas humanas muy básicas: ¿por qué ocurre esto?, ¿qué pasará si…?, ¿qué relación hay entre estos hechos? Esas preguntas no brotan de un laboratorio abstracto, sino de la experiencia vivida, del asombro cotidiano y, en muchos casos, del propio sentido común.

Ver más allá de los datos: donde la curiosidad científica se encuentra con el asombro cotidiano.

El sentido común, por su parte, no es simplemente una colección de errores compartidos. Es una forma de racionalidad práctica que permite orientarse en el mundo sin tener que justificar cada paso. No busca la verdad universal, sino la viabilidad inmediata: llegar a casa, entender al otro, anticipar riesgos, convivir. Funciona con reglas implícitas, con generalizaciones rápidas, con una lógica flexible que tolera contradicciones si estas no impiden actuar.

La diferencia clave no está tanto en que uno piense y el otro no, sino en qué se les exige. A la lógica científica se le exige coherencia interna, explicitar las suposiciones, posibilidad de refutación. Al sentido común se le exige eficacia cotidiana. Cuando confundimos estos planos, aparecen los problemas.

El sentido común se vuelve dogmático cuando se presenta como verdad incuestionable: “esto siempre ha sido así”, “es evidente”, “todo el mundo sabe que…”. En ese punto deja de ser una herramienta práctica y se convierte en una barrera para el conocimiento. Muchas resistencias históricas a avances científicos no provinieron de la falta de inteligencia, sino de la absolutización del sentido común vigente en una época.

Pero la lógica científica también corre su propio riesgo: el de desconectarse de la experiencia humana que le da sentido. Cuando el rigor se transforma en tecnicismo vacío, cuando los modelos explican pero no dialogan, cuando el lenguaje excluye en lugar de aclarar, la ciencia pierde algo esencial. No su validez, pero sí su capacidad de orientar a las personas en su vida concreta.

Eficacia y verdad: herramientas distintas para navegar el mismo mar de incertidumbre.

Pensar bien no consiste en elegir entre una y otra, sino en saber cuándo usar cada una y reconocer sus límites. El sentido común puede ser un punto de partida, una intuición inicial, una alarma que avisa que algo no encaja. La lógica científica puede ser el espacio donde esa intuición se somete a prueba, se afina o se descarta. La una con la otra se completan.

Desde esta perspectiva, la coherencia no es uniformidad, sino articulación. Una persona puede razonar científicamente en su trabajo y apoyarse en el sentido común en su vida cotidiana sin ser incoherente.

Lo incoherente sería exigir al día a día el rigor de un artículo académico o tomar decisiones científicas basadas únicamente en impresiones compartidas.

Aceptar esta pluralidad lógica es también una forma de humildad intelectual. Reconoce que la razón humana no es un bloque único, sino un conjunto de herramientas adaptativas. Algunas buscan verdad, otras sentido; algunas precisión, otras orientación. Todas son humanas y todas pueden fallar.

La mente plural: articulando la complejidad sin renunciar a nuestra humanidad.

Quizá el verdadero desafío no sea decidir qué lógica es superior, sino aprender a pensar sin reducir la complejidad, sin despreciar lo cotidiano ni idealizar lo formal. En un mundo cada vez más saturado de datos, expertos y opiniones, esta capacidad de distinguir, combinar y reflexionar se vuelve una forma de lucidez.

Pensar, al fin y al cabo, no es solo llegar a conclusiones correctas, sino hacerse responsable del camino que se recorre para alcanzarlas.

Claudia Benitez. Licenciada en Filosofía. Escritora.

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